miércoles, 17 de abril de 2019

UNA MARAVILLA EN MADAGASCAR

La mezcla de religiones, lenguas o incluso rasgos físicos —población de ojos rasgados y vestimenta asiática junto a personas de tez negra y aire africano— son la seña identidad de un cruce de caminos hecho isla

Nada es común en la mayor isla africana. A mil kilómetros de las costas de Mozambique, cuando África termina y el océano es ya inevitable, la enormidad de Madagascar —tiene una superficie similar a la península ibérica y 1600 kilómetros de largo— se yergue en mitad de las aguas del Índico como un gigante de piedra inesperado. Ese aislamiento geográfico y un pasado ligado a la leyenda otorgan a Madagascar el aura de lugar diferente, único.
A lo largo de la historia, sus costas recibieron la vista de cientos de navíos de piratas y corsarios, que buscaban un lugar apartado donde descansar o esconder su botín, y de embarcaciones de comerciantes y exploradores de medio mundo. Aquellas visitas continuadas de árabes, franceses, portugueses, indonesios, chinos y africanos dejaron en herencia una suerte de torre de Babel derramada y bañada por el mar.

 



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